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sábado, 17 de marzo de 2012

Where did Freud’s ideas on the sexual ætiology of neurosis come from?

Freud’s early ideas on the aetiology of hysteria were not extracted mysteriously, but in fact they came in quite a pedestrian way:

(1) His female patients spoke them verbatim to him. By the way, not only to him, but also his contemporaries. The difference between them and Freud is, the majority of other clinicians were appalled and simply kept silence on the unbecoming subjects brought up by their patients and by the evidence itself.

(2) Then he searched his own recollections and uncovered repressed memories through clues from what he did not repress and what elders recalled from his youth, and sheer detective logic. He discovered that what the hysterics reported, through hypnosis first and free association later, coincided what he discovered in himself. Then he asked others, and started to treat literature (especially Goethe, Shakespeare and Æschylus) and found leads that suggested the same. Question: Why did he do such a thing, why did he follow this heterodox method? Because people were not straightforwardly telling him. The premise is that the products of human culture are products of the human mind, not exactly an outrageous assumption.

And another important reason, which is critical in this matter, is that he proceeded as archaeologists and anthropologists did. He also had Darwin’s example. Darwin didn't do experiments! He had his observational powers and sheer English logic. For that matter, neither do anthropologists, and a great part of research relies on methods other than laboratory experimentation. This is valid in science, and the behavioristic demand that it all should proceed from a lab is simply absurd and contradicted by actual scientific field studies. So Freud was right in his methods at this pioneering stage, and not being right every time is expectable. It would be nonsensical to point out the items in Freudian psychoanalysis that do not hold accurate in other research modalities, as evidence of the general wrongness of Freud’s deductions.

Now these are the early theoretical developments. As the psychoanalysts’ research went on subsequently, the concept of psychosexuality caught on, meaning not only what one would suppose, the relations of sexuality and psychology, but a modification of the concept of sexual ætiology. From early on, Freud was accused of “pansexuality”, in other words, that his theory of the entire human motivation was based on, let’s say camouflaged presentations of sexual gratification. The idea of psychosexuality is the notion that motivation is primarily the procurement of pleasure including sexual gratification. This is not a concession to prudishness, as sexuality is not put on par with other motvations, but instead sexuality must be seen as belonging in a continuum with instinctual-based modes of hedonic gratification. What Freud and his followers mean is that the motivation for cultural behavioral developments such as generosity, artistic sensibility, writing, teaching, driving vehicles, or any other one may think, are not motivational autonomies, but derivations from basic biological drives.

The fact that our cultural behavioral achievements are derivatives of biological drives, may or may not be true, but this is a far cry from “pansexuality”. Yet another theoretical stage is when Freud proposed the categorization of sexual drives, on the one hand and ego-drives, on the other, i.e., drives directed towards the preservation of the species versus drives directed towards the survival of the individual. This placed Freud further even from pansexualism. Freud’s last theoretical arrangement was the opposition Eros and death instinct. This is, the duality of the drives in favor of life and those in favor of the dissolution of life. This has not been accepted by all psychoanalysts, some rejecting it in favor of Freud’s previous conception, others discarding it altogether, and yet others modifying the understanding of it.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Sobre el artículo "El complejo de Cassandra"


El artículo que examinamos explora las críticas a Freud, ilustrándolo con el concepto de Cassandra, personaje de la mitología griega. Según el mito, por su belleza Apollo le dio el don de la profecía, pero cuando no le correspondió a su amor, el dios le puso una maldición en que nadie creería sus predicciones. El autor relaciona el personaje con el destino a menudo infortunado que han tenido las ideas y persona de Sigmund Freud, aunque, a diferencia de la doncella, éste ha sido igualmente alabado que vituperado por su supuesta acientificidad y falta de ética. Nuestro autor, Oliver James, no pretende hacerle frente a todas la críticas de una vez, pero señala algunos puntos en los que investigadores, tanto dentro como fuera de la escuela psicoanalítica, han contrastado científicamente las ideas de Freud, muchas de las cuales son centrales a la teoría psicoanalítica, y no han salido mal paradas.

Veamos algunos ejemplos:
“La idea [...] más importante que ha sido validada recientemente es que la experiencia de la primera infancia tiene una influencia duradera y siempre presente en nuestra vida adulta. El concepto freudiano de la "transferencia" de los sentimientos o ideas acerca de las personas de nuestra infancia a nuestra vida adulta de todos los días, ha sido confirmado por una serie de experimentos de laboratorio, por Susan Andersen y sus colegas de la Universidad de Nueva York. En ellos, a sujetos experimentales se les solicitó adjetivos para describir a sus padres. Algún tiempo después, en un contexto diferente, los investigadores le dieron a cada sujeto la descripción de una persona que compartía la mayoría de las características que anteriormente le habían atribuido a uno de sus padres. Por ejemplo, una mujer que había hablado de un padre "interesado en la política, atlético y no muy feliz", posteriormente se le habló de otro hombre que es "político y deportivo". Se le pidió que recordara este otro hombre aún más adelante, y la mujer dijo que el hombre descripto era político, deportivo y no muy feliz, es decir, que impuso a la nueva persona las características de su padre.”

Por razones de derechos de autor (copyright), no puedo traducir mucho más, así que dejemos la discusión de este ejemplo hasta aquí, e invito a aquellos que no pueden leer el lenguaje en que está escrito el artículo, que usen “Google Translate” o alguna otra aplicación de traducción… con todo lo malo que traducen, lo sé. So sorry. Para los que sí pueden, les insto a estudiarlo, pienso que vale la pena el ratito invertido.
Sigamos:

“Las ideas de Freud acerca de la importancia de la infancia también han sido apoyadas por estudios directos de niños. [...] En la actualidad existe una fuerte evidencia de que él estaba en lo cierto en que de tres a seis años de edad, los niños están fuertemente enfocados en juegos sexuales genitales y que estos disminuyen o se reprime después de esa edad. […]”
“En 1990, William Friedrich y sus colegas de la Clínica Mayo de Minnesota publicaron los resultados de un estudio en el que había pedido a 880 madres que reportaran en gran detalle sobre la vida sexual de sus hijos de dos a 12 años de edad. Según reporaron, dos tercios de los niños de corta edad tocaban sus áreas genitales, a veces adoptando una actitud seductora, a menudo jugando a ser sus propios padres, hermanos mayores o personajes de televisión. Los niños favorecían masturbarse en público más que las niñas, las cuales a su vez preferían el exhibicionismo.
Pero en estos días de desinhibición estaban contados, muy parecido a como Freud predijo. En niños en edad de escuela primaria, hubo una marcada disminución de la sexualidad abierta. Como Adán y Eva, comenzaron a sentirse incómodos si otros veían sus cuerpos desnudos. Pidieron privacidad en el cuarto de baño y se volvieron pudorosos mientras se cambiaban bañarse en lugares públicos. Por lo tanto, niños/as de ocho años fueron cuatro veces menos propensos/as que aquellas/os de cuatro años a ser reportados/as por sus madres de tocarse sus partes sexuales o mostrándolos a otros niñas/os o adultos/as.”
Esto, claro, en vista de la propuesta freudiana del complejo de Edipo, el cual llega a su clímax alrededor de los 4 o 5 años, y llegado a ese punto se resuelve reprimiendo el deseo y cediendo el interés. Esto, por cuanto se da cuenta del mayor poder del progenitor, teme la represalia de éste contra su cuerpo y hace suya a partir de ese momento la moral del adulto.
Prosigue el autor:
“Una afirmación aún más fundamental de Freud acerca de la infancia, es que las experiencias durante los primeros cinco años son más influyentes en la vida emocional adulta que la experiencia posterior. Señaló que los seres humanos son casi únicos en el reino animal en el período de tiempo que deben depender de los padres para la supervivencia. Este es el período cuando el cerebro está creciendo más rápidamente. Alrededor de un cuarto de millón de conexiones se forjan entre las células cerebrales en ratas durante cada segundo del primer mes de su vida. El cerebro humano crece con un vigor similar explosivo durante los tres primeros años, nunca se repite de nuevo, por lo que el cerebro de una realidad dos años de edad, tiene el doble de muchas sinapsis (conexiones entre neuronas) que la de su madre. Porque gran parte de nuestra programación mental, se está desarrollando a una edad tan temprana, los efectos son duraderos e importantes.”

La investigación también revela que los individuos diagnosticados con trastorno de personalidad son cuatro veces más propensos a haber recibido maltrato durante la temprana infancia, comparados con aquellos no diagnosticados como tales.

“Freud [...] hipotetizó correctamente que sería posible medir los patrones eléctricos y químicos que sustentan nuestra vida mental. Las técnicas modernas para el análisis de los cerebros muestran que la configuración particular de la electroquímica en un momento dado, es muy sensible a lo que está sucediendo en su entorno en ese momento, pero también está condicionada por las experiencias que han tenido durante los primeros años de vida. En los últimos 20 años ha quedado claro que tenemos una red de conexiones neuronales con las que damos sentido al aquí y ahora. Esta matriz es establecida por el tipo de atención que recibimos durante la infancia: en tanto más temprana la experiencia, más duradero el patrón. Por ejemplo, Geraldine Dawson y sus colegas de la Universidad de Washington en Seattle, han demostrado un daño duradero en los niveles de cortisol, [involucrado en el sistema] hormonal de "lucha o huida", en los niños [mayores] cuyas madres estaban deprimidas cuando eran pequeños, independientemente de si la madre se recuperó posteriormente de la depresión o no.”

Otra propuesta freudiana, fundamental diríamos, es que la mayor parte de nuestras decisiones son inconscientes. En un artículo anterior de nuestro blog Psychoanalytica ya hemos tocado ese tema. El artículo de Oliver James nos da un ejemplo más: sujetos a quienes se les expone subliminalmente el par “taxi” y “cab”, luego al intentar escribir alguno de los homófonos “fare” y “fair”, sistemáticamente tienden a preferir la grafía “fare” (tarifa de transporte).
Mark Solms, neurocientífico del University College London, ha investigado mediante fMRI (sistema de resonancia magnética funcional, por sus siglas en inglés), que durante los sueños las áreas cerebrales involucradas en las apetencias pulsionales se activan. Esto provee apoyo con tecnología de punta, que la idea fundamental de Freud con respecto a los sueños es válida.
Nuestor autor por último llega al tema espinoso de que, si bien mucho de lo que propuso Freud ha llegado a demostrarse correcto, ¿qué tan efectivo es el psicoanálisis como tratamiento?

“Pocos estudios bien construidos se han completado haciendo seguimiento a los pacientes varios años después de la terapia psicoanalítica, donde se midan con precisión lo efectos, a menudo sutiles, sobre la salud emocional [puesto que es una empresa ardua de muchos años y requiere muchos recursos]. Sin embargo, existen unos 26 estudios que muestran que la terapia psicoanalítica (una o dos veces a la semana) es tan eficaz como otros tratamientos para la enfermedad mental. Por otra parte, un estudio sueco de gran tamaño ha encontrado que el psicoanálisis completo (cuatro o cinco sesiones a la semana durante al menos tres años) tiene mucho mayor efecto a largo plazo de la psicoterapia psicoanalítica menos frecuentes. Los investigadores británicos han demostrado que las personas con trastorno límite de personalidad [...] fue mucho mejor que los que recibieron tratamientos convencionales si se pasó 18 meses en un hospital psiquiátrico psicoanalítico, pasando por el grupo tres veces por semana la terapia combinada con la terapia individual por semana.”

Termino mi entrada de blog señalando de nuevo que el artículo del señor James merece ser leído en su totalidad, y que sólo les he traducido lo que me parecen ciertos puntos fundamentales de naturaleza empírica.

Esto merece discutirse, tanto a la luz de la resistencia que regularmente ha recibido el psicoanálisis a lo largo de sus más de 100 años de historia, como en vista de las posiciones dentro del psicoanálsis al respecto de considerarla ciencia o no, algunas en contra de esa idea. Yo en lo personal me inclino a no considerar el psicoanálisis propiamente una ciencia, sino un área de práctica clínica con aspectos científicos, que posee raíces en diversas modalidades de investigación empírica y tiene amplias repercusiones epistémicas y otras consecuencias en la(s) cultura(s) en medio de la cual se desempeña.

Saludos desde Costa Rica,
M.Sc. Carl Edward Vincent Madrueño

lunes, 8 de agosto de 2011

Notas sobre la depresión en el pensamiento de Sigmund Freud y de Melanie Klein

La depresión es un trastorno de estado de ánimo que resulta de un conflicto que proviene de dificultades para integrar impulsos agresivos, las cuales se vuelven contra el yo.

Freud en “Duelo y melancolía” comparó los mecanismos psicológicos de la melancolía (así llamaba lo que hoy día se conoce como ‘depresión’) con los del duelo,  que es un estado de tristeza normal por la pérdida del objeto de amor en la realidad. La diferencia esencial estaría en el narcismo del melancólico, cuya intolerancia a experiencias de pérdida debido a sus fijaciones orales, lo llevan a la identificación con el objeto perdido, para poseerlo subjetivamente en su ausencia real, pero en su ambivalencia es atacado por haber abandonado al sujeto, con el resultante de que el atacado resulta ser el yo.

Por otro lado, la persona en duelo se encuentra enfrentado a la penosa dificultad de separar la libido investida en el objeto perdido para así re-investirla en objetos en el mundo exterior. Esto también es parte del trabajo de elaboración que requiere el paciente deprimido.
Es importante tomar en cuenta que Freud no pretende reducir toda manifestación melancólica a la explicación por él dada en “Duelo y menlancolía”.

En contraste con Freud, la concepción de Melanie Klein de la depresión está ligada a la comprensión a través del proceso de la posición depresiva. Para esta autora, la situación actual reactiva el conflicto propio de la posición depresiva al sentir nuevamente perder un objeto interno bueno.

Cuando predominan fantasías de la catastrófica e irreparable destrucción del objeto, el sujeto posee muy poca confianza en sus capacidades libidinales, los sentimientos de culpabilidad se hacen intolerables y sentimientos de tristeza son masivamente negados. El yo solo puede recurrir a mecanismos de defensa arcaicos: escisión, negación, identificación proyectiva, idealización, etc, es decir, los mecanismos propios del funcionamiento esquizoparanoide o la dinámica de la extrema melancolía, con confusión entre el yo y el objeto atacado, lo cual se muestra en el conflicto depresivo del paciente fronterizo y del psicótico.

 En cambio, cuando predominan fantasías de daño severo y apenas reparable o muerte de los objetos, el yo estará confrontado con sentimientos intensos de culpa y tristeza. La represión significativa de las impulsos agresivos hacia el objeto (una agresividad que refuerza la severidad del superyó) hará posible que los afectos negativos sean parcialmente negados. El yo tendrá éxito en mantener el conflicto intenalizado, pero con el costo de de diversas inhibiciones en las funciones del yo, recurriendo a defensas maníacas y melancólicas, las cuales determinan las manifestaciones clínicas de los trastornos del ánimo.

Un tercer caso es cuando prevalecen sentimientos de abandono y rechazo, la tristeza será consciente y la culpa menos intensa, y por tanto, podrá hacerse consciente con mayor facilidad. La mayor confianza del yo significará más fantasías de reparación que contrarrestarán el daño hecho al objeto. Estas fantasías subyacen muchos de los mecanismos neuróticos de defensa, especialmente del tipo obsesivo, por ejemplo anulación retroactiva, formación reactiva, etc. Bajo su influencia, las capacidades del yo podrán permitir una mayor posibilidad de expresión simbólica.

Según Hugo Bleichmar (“Algunos subtipos de depresión, sus interrelaciones y consecuencias para el tratamiento psicoanalítico”, 2003) los componentes que caracterizan el estado depresivo son, una fijación a un deseo no realizable, una representación de sí mismo como impotente para satisfacer ese deseo, y el afecto depresivo con un grado de inhibición psicomotriz.

Para este autor, pueden citarse como factores, experiencias tempranas de frustración o trauma oral; identificación con progenitores depresivos (cita a Anna Freud: “Lo que sucede es que tales infantes alcanzan su sentimiento de unidad y armonía con la madre depresiva no mediante logros en el desarrollo sino a través de producir en ellos el estado de ánimo de la madre”); o un trastorno narcisista previo.

domingo, 7 de agosto de 2011

Perspectivas de sexo y género de Carl G. Jung

Para Freud, la finalidad del tratamiento es hacer lo inconsciente consciente, y que el yo, lugar de la identidad y la razón, conquiste y domine las regiones otrora bajo el dominio del ello, instancia de las indómitas y asociales pulsiones animales. El inconsciente estaba habitado por el ello, el cual ciertamente fue visto como un pozo sin fondo de deseos perversos e incestuosos, y la finalidad del desarrollo es su progresivo dominio. Poco de esta primera perspectiva freudiana cambiaría con el paso del tiempo.

Desde la perspectiva de su joven colega Jung, en cambio, el inconsciente es una preciosa fuente de significado y energía para la vida. La finalidad de la terapia es la reconciliación del individuo con el inconsciente, o mejor dicho, reconciliar el yo consciente con el inconsciente.

 Quizá el concepto más notable de Jung es que existe un estrato más profundo que el inconsciente individual (II): el inconsciente colectivo (IC). Este último es fruto de la herencia filogenética, y consiste en una serie de nódulos neuropsicológicos que promueven la aparición “de características conductuales comunes y experiencias típicas” de los seres humanos. Jung llamaba sí mismo (alemán “Selbst”, inglés “self”) a la personalidad estructurada inconsciente. Esta es otra diferencia con Freud, el inconsciente no es un reservorio de fuerzas pulsionales “no ligadas”, sino la sede de una estructura de personalidad.

El inconsciente colectivo contiene arquetipos. Un ‘arquetipo’ es una, digamos, preconfiguración que, al entrar en contacto con cosas o personas del mundo exterior por medio de la ‘contigüidad’ y ‘similitud’, se actualiza y forma ‘complejos’. El arquetipo “madre”, preconfigurado filogenéticamente por millones de años a través de incontables generaciones, en el niño entra en contacto con la cuidadora, se convierte en el complejo “madre”. Cada una de las partes de la díada crea un campo perceptual que evoca el arquetipo de cada uno en el otro.

Otra estructura es la ‘persona’. Esta palabra viene del griego prósopa que se refería a la máscara que usaban los actores y que identificaban su personaje. Es una instancia social y por tanto implica elementos de simulación y de conformismo.

La ‘sombra’ es la parte repudiada de la personalidad. Denegada como es, aún nos sigue a cada paso que damos, activa y dinámica en nuestra personalidad. A pesar de esforzarnos en ignorarla, tiene sus formas incómodas de recordarnos su presencia. Es siempre “lo otro”, y por tanto, las cosas que nos recuerdan la otredad nos lo evocan y motiva a mayores esfuerzos por defendernos de ella. Por ejemplo las personas del otro sexo, gente de diferentes razas o naciones, las cuales evocan los aspectos renegados de nosotros mismos. En sueños se suele personificar como una figura siniestra y amenazante, quizá aún sombreada y misteriosa. Por tanto siempre hay algo que se siente como ajeno y hostil, lo cual hace surgir afectos de desconfianza, repudio, recelo e ira. Por ello Jung lo consideraba un complejo, es decir, un agregado de rasgos amarrados por elementos afectivos. Y como todo complejo, contiene activaciones de arquetipos, como el ‘Enemigo’, el ‘Depredador’ o el ‘Extraño Malvado’.

Desde el punto de vista social, un arquetipo, como ‘el enemigo’ puede ser actualizado por influencia de las ideologías y estereotipos societales.

Jung no compartía el concepto de que el género fuese enteramente un artefacto social, dado que no creía en la teoría de la tábula rasa. Para él, el género contenía además de los elementos aprendidos, disposiciones biológicas y arquetípicas. Existen arquetipos masculinos y femeninos, los cuales se activan en nuestras relaciones con otros y con nosotros mismos, y por un lado nos ayudan a manejar nuestra diferencia sexual, y por el otro, podemos reprimir parte de nuestras psiques que no comulgan con nuestro yo consciente. En fin, los arquetipos femenino y masculino coexisten como partes iguales y complementarias.

Investigaciones han encontrado que existen disposiciones innatas dependientes del sexo desde la vida intrauterina, como mayor tamaño y musculatura en los infantes varones, además de más movimiento in útero. El género estaría sobrepuesto a esto, como el reconocimiento psíquico y expresión del sexo dado por la naturaleza.

Jung veía la madre como la portadora del self para el infante, quien vive esa experiencia como de ‘participación mística’, es decir, una experiencia donde no hay diferenciación subjetiva entre los dos, no hay conciencia de sus existencias separadas. El género se superpone sobre esta realidad. En esta situación no hay problema para la niña, pues su conciencia de género se basa en una identidad compartida con la madre. Para el varón, el asunto se complica pues su conciencia de género se basa en la diferencia con su madre. En este punto, la presencia de una figura paterna es crucial para actualizar su arquetipo masculino de forma que le habilite establecer su identidad de género. Para la niña la presencia de una figura masculina no es menos importante, pues realza su sentido de feminidad en contraste con la otredad del hombre e influencia profundamente como experimenta su feminidad con respecto a los varones. En la mitología el surgimiento de la consciencia se observa en la separación del Padre Cielo y Madre Tierra.

Al igual que el género es experimentado como el principio arquetípico relacionado al propio sexo, las relaciones con el otro sexo descansan asimismo sobre un fundamento arquetípico. El arquetipo contrasexual se llama ‘ánimus’ en las mujeres y ‘ánima’ en los hombres. Uno es asignado como no-yo y el otro es adaptado por el yo. El denegado es inconsciente para el yo, pero ambos se expresan, por ejemplo en sueños. Entre más inconsciente es el ánima o ánimus, más tenderá a ser proyectado hacia otro(s). en la mujer, por ejemplo, el ánimus corresponde de alguna manera con el ‘Logos’ paterno y el ánima en el hombre corresponde a la idea de ‘Eros’ materno.

En nuestra sociedad se espera que los muchachos sean masculinos y las mujeres femeninas, y entre más la idea o complejo de lo femenino sea ‘sombra’ en un muchacho, más él se identifica con su ‘persona’. Jung inclusive opinaba que se puede determinar cómo es la ‘sombra’ del individuo por cómo es su ‘persona’.

Los conceptos jungianos permiten comprender la relación de la persona con el género de una forma que no hipostatiza a éste último como algo innato o inevitable, sino como un campo de polaridades a comprender y reconciliar.


Bibliografía

Stephens, A. (1994/2001) Jung: A very short introduction. Oxford University Press. Oxford, Reino Unido.

Strouse, J. et al. (1985) Women and Analysis. G. K. Hall & co. Boston, MA, EUA.